Un alza alta puede reavivar presiones sobre precios y empleo
La discusión del salario mínimo 2026 llega con señales mixtas. La inflación repuntó a 5,51% anual en octubre, pero el Emisor prevé un cierre de 2025 cerca de 5% y convergencia gradual en 2026. En ese contexto, el IPC funciona como piso y la productividad como bisagra.
Bajo una regla “prudente”, la suma de inflación + productividad entregaría un rango de 6–7%. Ese corredor preserva el poder de compra y limita efectos de segunda vuelta. Fedesarrollo respalda esta franja; Anif alerta que saltos mayores tensionan finanzas públicas y formalidad.
Números en mano: con $1.423.500 hoy, un ajuste de 6,5% fijaría el mínimo en $1.516.478 y uno de 7,5% en $1.531.763. Alternativas de dos dígitos —incluido 11%— lo llevarían a $1.580.085 y trasladarían indexaciones en arriendos, multas y contribuciones.
¿Por qué los servicios importan? Porque el precio de regulados y semirregulares es sensible a costos laborales y expectativas. Un salario alto acelera los traspasos, justo cuando la economía necesita consolidar la desinflación y reactivar el empleo.
Del lado político, el Gobierno ha coqueteado con alzas ambiciosas (hasta $1,8 millones en la conversación pública). El empresariado lo tilda de “pan de hoy y hambre de mañana” por los desbordes de costos; las centrales responden que el consumo necesita un empujón.
La tasa de política (9,25%) sigue siendo un lastre para el crédito y la caja de las mipymes; otro motivo para no sobrerreaccionar. Si el ajuste salarial ancla expectativas a la baja, el Emisor gana espacio para recortar sin alimentar nuevas olas de precios.
Lecciones recientes apuntan a que decretar sin acuerdo eleva el ruido. En 2025 se optó por esa vía; para 2026, la invitación es a pactar compensaciones no salariales (capacitaciones, alivios tributarios focalizados) que mitiguen costos sin sacrificar ingreso.
Comparativamente, países que amarran el mínimo a fórmulas predecibles reducen la volatilidad política. Para Colombia, institucionalizar una regla de IPC + productividad evaluada por un comité técnico independiente sería una salida para próximas rondas. (Propuesta editorial basada en buenas prácticas).
En conclusión, la ventana 6–7% parece consistente con la macro actual. Lo demás es calibrar tiempos, señales y narrativa para que el ajuste sume a la baja de la inflación.
Un acuerdo moderado aliviaría expectativas de precios, bajaría la prima de riesgo de costos y facilita recortes de tasas. Un decreto con dos dígitos ampliará indexaciones y restaría tracción a la creación de empleo formal.
Para los hogares, la diferencia entre 6,5% y 11% puede definir el presupuesto de arriendo y servicios. Para las empresas, es la línea entre sostener nóminas o aplazar vacantes.
Si el objetivo es ingreso real + empleo, el acuerdo debe ser creíble, comunicable y compatible con la desinflación. El reloj corre hacia diciembre.

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