marzo 2, 2026

La invitación que cambia el debate: Uribe y Petro ante la JEP

Del discurso político al escenario judicial.

El anuncio de Gustavo Petro —invitar a Álvaro Uribe a acudir juntos a la JEP— no es un giro aislado, sino un movimiento estratégico con efectos jurídicos, políticos y simbólicos. Se pronunció en Santa Marta, ante un auditorio internacional, y se ancló en una idea: poner la verdad por encima del odio.

En el plano jurídico, la propuesta aterriza sobre una jurisdicción que premia la verdad plena, el reconocimiento temprano y la reparación. La JEP ha demostrado capacidad para producir macrodecisiones de alto impacto y mantener estándares de participación de víctimas y contrastación de pruebas.

Políticamente, el mensaje busca reencuadrar la contienda. Llevar a la JEP el desacuerdo más simbólico de la política reciente —petrismo vs. uribismo— cambia el terreno: de la plaza pública al expediente, del tuit a la versión libre. La apuesta: bajar la temperatura de la polarización trasladando el conflicto a instituciones.

En comunicación, la frase “hermano, vamos a la JEP” condensa cercanía y desarme simbólico frente a un antagonista. Es un encuadre de reconciliación condicionada: la verdad como requisito, garantías para las familias, y cero impunidad bajo reglas de la justicia transicional.

Para Uribe, aceptar (o rechazar) define el relato. Si acepta, entra a un canal reglado con beneficios atados a verdad y reparación; si rechaza, puede fortalecer la narrativa de persecución o, por el contrario, verse presionado por una ventana de oportunidad hacia el cierre de controversias.

En opinión pública, el riesgo es el cálculo politizado: si la comparecencia se percibe como canje o maniobra, el costo reputacional será alto. El valor del movimiento está en reglas claras, verificabilidad y participación efectiva de víctimas.

En derechos de las víctimas, la centralidad es absoluta. Cualquier itinerario serio pasa por verdad exhaustiva, acuerdos de sanciones restaurativas medibles (búsqueda de desaparecidos, reparación simbólica, garantías de no repetición) y seguimiento independiente.

El escenario internacional tomó nota: el llamado se hizo ante socios de América Latina y la Unión Europea, lo que envía un mensaje de confianza en los instrumentos de justicia transicional creados por el propio Estado. Es una forma de blindaje institucional.

A partir de hoy, la discusión ya no es si la JEP sirve o no, sino cómo y quiénes están dispuestos a someterse a ella. El reloj político sigue corriendo y la ventana para decidir también.

Juristas y exmagistrados valoraron el potencial despolarizador si se traduce en actos concretos: solicitudes formales, cronogramas de aportes a la verdad y compromisos restaurativos auditables. 

En la oposición, algunos vieron un intento de copar la agenda y otros, una puerta para pasar de la confrontación a la racionalidad judicial. En el Gobierno, la lectura es que el mensaje eleva el estándar: de ahora en adelante, la vara será verdad verificable.

Si la política acepta que la verdad no se negocia, la JEP puede ser punto de encuentro. Falta saber quiénes están dispuestos a cruzar la puerta.