febrero 24, 2026

Disparo “accidental” de policía en Boyacá reabre debate por uso de armas

 El comandante manipulaba un fusil cuando mató a su esposa en Chiscas

La conmoción que se vive en Chiscas, Boyacá, tras la muerte de una trabajadora social de 25 años a manos de su esposo, un subteniente de la Policía, va más allá del impacto local. El disparo con un fusil de dotación, descrito como “accidental” por la defensa del oficial, plantea interrogantes sobre los protocolos de manejo de armamento dentro de la institución y la forma como se investigan estos hechos cuando la víctima es una mujer. 

La mujer perdió la vida en la noche del 19 de noviembre, luego de recibir un impacto de bala en la cabeza. Según el relato conocido por los medios, el subteniente manipulaba un fusil tipo Galil recientemente asignado por la situación de orden público en la región, cuando el arma se accionó de forma involuntaria. Aunque la defensa sostiene que fue un error, la Fiscalía analiza si la conducta encaja en homicidio culposo o si podría tratarse de un feminicidio.

Uno de los puntos que abre dudas es la versión sobre el lugar del hecho. Informes iniciales indicaron que la pareja se encontraba en un puesto de comidas rápidas junto a otros uniformados cuando se produjo el disparo. Posteriormente, el abogado del oficial aseguró que el caso ocurrió en la vivienda donde residían. La distancia entre una escena y otra no solo modifica el contexto, sino que podría incidir en la interpretación jurídica del caso. 

La Fiscalía, que ya tomó custodia del arma y del lugar de los hechos, tratará de reconstruir minuto a minuto lo ocurrido, apoyada en dictámenes balísticos y en testimonios. Aspectos como la posición del fusil, la trayectoria y la distancia del disparo, así como la presencia o no de testigos directos, serán claves para determinar si se trató de una descarga accidental producto de negligencia o de un hecho intencional. 

A esto se suma el debate sobre la capacitación en manejo de fusiles de dotación. De acuerdo con algunos medios regionales, el subteniente habría recibido el arma apenas unas horas antes, en respuesta a alertas de seguridad en la zona, y no contaría con amplia experiencia con ese tipo de fusil. Expertos en seguridad consultados en casos similares han advertido que los cambios de armamento sin entrenamiento suficiente incrementan el riesgo de disparos no controlados. 

El contexto de género también es ineludible. Colombia registra centenares de feminicidios cada año, y los organismos de seguimiento han insistido en que muchos casos inicialmente catalogados como “accidentes domésticos” o “disparos accidentales” terminan, tras la investigación, siendo reclasificados como violencia letal contra las mujeres. De ahí que organizaciones feministas insistan en no descartar esta hipótesis de entrada. 

No obstante, la defensa del subteniente sostiene que no existían antecedentes de violencia intrafamiliar ni denuncias previas y que la relación de la pareja, de varios años, se había mantenido sin registros oficiales de maltrato. La Fiscalía tendrá que corroborar esa información a través de bases de datos, entrevistas y análisis del entorno familiar y laboral de la víctima. 

La muerte de la joven también pone sobre la mesa el rol que cumplía en el municipio. Como trabajadora social vinculada a proyectos de salud y programas con comunidades vulnerables, su presencia era conocida entre líderes comunitarios y autoridades locales. La pérdida de una profesional de este perfil golpea proyectos en curso y envía un mensaje contradictorio a una población que suele ver en la institucionalidad un aliado frente a la violencia. 

Desde una perspectiva institucional, el caso representa un desafío para la Policía en términos de transparencia. La ciudadanía exigirá claridad sobre los procesos internos de investigación disciplinaria, el acompañamiento a la familia de la víctima y las sanciones, si se demuestra negligencia o violación de protocolos. También se espera que la institución revise sus manuales de uso de armas y esquemas de supervisión cuando el personal está fuera de servicio o en espacios no operativos. 

A nivel más amplio, el hecho se inscribe en un país que intenta reducir las muertes violentas pero donde las armas de fuego siguen siendo protagonistas en homicidios y feminicidios. Informes oficiales y de organizaciones de la sociedad civil han subrayado que una proporción importante de estos crímenes ocurre en el ámbito de la pareja o expareja, lo que ha llevado a reforzar las alertas tempranas y los sistemas de valoración de riesgo para las mujeres. 

En el caso de Chiscas, el desenlace se produjo precisamente con un arma que representa el monopolio legítimo de la fuerza del Estado. Por eso, más allá del dolor y el duelo, la opinión pública y los organismos de control esperan respuestas claras y verificables: cómo se entregó el arma, qué entrenamiento se impartió, qué ocurrió en los minutos previos al disparo y si hubo fallas humanas, institucionales o ambas. Solo así podrá dimensionarse con precisión la responsabilidad penal e institucional. 

El caso seguirá bajo la lupa, tanto por lo que revela sobre el manejo de armas oficiales como por el mensaje que envíe en torno a la protección de la vida de las mujeres en Colombia. Las decisiones que se tomen, y la rapidez con que se entreguen resultados, marcarán la confianza del país en que tragedias como esta no queden en la impunidad.