La legitimidad del proceso de paz se juega en la evidencia forense.
Las revelaciones sobre correos y chats hallados en dispositivos de ‘Calarcá’ abren un caso de alta complejidad: presuntos pactos entre disidencias y mandos estatales, filtración de operativos y apoyos logísticos. Es un expediente que ya activó investigaciones internas y cruces políticos.
Más allá del ruido, tres preguntas determinan su impacto: ¿qué tan íntegros son los archivos?, ¿qué validan los metadatos y la cadena de custodia?, y ¿qué decisiones tomarán Fiscalía, Defensa y DNI cuando los peritajes concluyan?
Primero, el origen: los dispositivos fueron incautados en un retén en Antioquia en 2024. Ese detalle coloca a la Fuerza Pública como garante inicial de custodia, pero también obliga a documentar cada traslado y acceso a la evidencia.
Segundo, la verificación: el periodismo muestra cronologías y narrativas; la justicia debe extraer y firmar metadatos, rutas de archivo y hashes para validar autenticidad y no manipulación. Sin ello, desmentidos como los de Huertas (suplantación) o Mejía (montaje) seguirán en empate técnico.
Tercero, el alcance institucional: la DNI abrió indagación y Defensa exigió esclarecer; mientras tanto, Petro respaldó a los señalados y atribuyó la filtración a una lucha interna contra oficiales corruptos. La política se superpone a la técnica.
La comparación histórica pesa: tras el caso “Carpetas Secretas”, la confianza en inteligencia quedó resentida. Repetir la historia —sin peritajes sólidos— sería un golpe a la legitimidad de las operaciones y del control civil.
El País
La paz total se vuelve el tablero de prueba: si se confirman pactos de no agresión o fugas de información, el costo político del proceso subiría; si se desmiente con evidencia, el Gobierno ganaría margen para sostener los diálogos.
El rol de la Fiscalía es decisivo: coordinar peritajes replicables, proteger testigos y fuentes y evitar que el caso derive en filtraciones selectivas. La opinión pública merece hechos probados, no versiones en disputa.
En paralelo, habrá que seguir el frente internacional: reportes y reacciones externas pueden influir en cooperación y confianza entre agencias, un punto sensible cuando el caso roza inteligencia y disidencias.
Oficialismo y oposición coinciden en el mínimo: investigar. Divergen en el énfasis: unos piden debida diligencia y resguardo del proceso de paz; otros exigen depuraciones inmediatas si hay indicios firmes.
En la DNI y el Ejército, la prioridad es blindar protocolos y evitar que un eventual caso contamine otras operaciones. Los peritajes marcarán tiempos y responsabilidades.
El caso ‘Calarcá’ es una prueba de estrés para la arquitectura de seguridad e inteligencia en Colombia. Sin forense digital convincente, ninguna narrativa, acusadora o exculpatoria, sobrevivirá al escrutinio.

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