marzo 2, 2026

Cooperación bajo presión: así impacta el giro de EE. UU. en Colombia

Bogotá y Washington miden fuerzas en plena ofensiva contra narcolanchas.

El señalamiento de Donald Trump —“tenemos un problema en Colombia”— no es un exabrupto aislado. Encaja en una estrategia que combina presión discursiva, operaciones de interdicción en el Caribe y un discurso de resultados rápidos contra el crimen organizado. Ese marco reconfigura la relación con Bogotá y obliga a recalcular la cooperación.

Detrás de la frase hay tres capas: una pugna sobre el método (mano dura versus enfoque integral), un pulso jurídico por la legalidad de los ataques a embarcaciones sospechosas y una señal política hacia la región —con México y Venezuela en el radar— de que Washington moverá fichas si percibe resistencia.

Primera capa: el método. Petro defiende políticas que reduzcan cultivos con alternativas económicas y golpeen finanzas criminales. Trump privilegia interdicciones y acciones coercitivas, convencido de que la disuasión opera con fuerza visible. Esa divergencia, conocida, hoy se traduce en decisiones concretas que afectan el intercambio de información.

Segunda capa: el derecho internacional. Informes periodísticos señalan que el Reino Unido pausó parte del flujo de inteligencia a EE. UU. por dudas sobre la legalidad de ataques a “narcolanchas”. La discusión se centra en reglas de enfrentamiento, estándares probatorios y proporcionalidad del uso de la fuerza en alta mar. El debate jurídico complica la coordinación multilateral.

Tercera capa: la política. El comentario de Trump llegó mientras hablaba de Venezuela, donde insinuó decisiones próximas. Vincular Caracas con el mapa del narcotráfico refuerza su narrativa de amenaza regional y le permite justificar despliegues navales. Para Bogotá, ese vínculo es problemático: arrastra la agenda antidrogas a un tablero más amplio de tensiones.

Colombia ya anunció la suspensión de la cooperación de inteligencia con EE. UU. en este frente, pidiendo una revisión de las operaciones. El gesto busca proteger estándares de derechos humanos y, a la vez, ganar margen en la mesa. Pero también implica asumir riesgos: sin intercambio fluido, se resienten investigaciones transnacionales y la trazabilidad financiera.

El comercio también siente el ruido. En un momento de desaceleración global, cualquier incremento de aranceles o sanciones selectivas amplifica la incertidumbre. Sectores como agroindustria, confecciones y servicios tercerizados miran de reojo la retórica de Washington y piden blindar lo económico de la turbulencia de seguridad.

A esto se suman variables domésticas: en Colombia, el gobierno necesita mostrar avances tangibles en sustitución de cultivos y reducción de violencia; en EE. UU., la administración quiere evidenciar golpes visibles a redes criminales. Esa asimetría de incentivos produce choques periódicos y mensajes cruzados.

En el terreno operativo, la región ha visto un salto tecnológico de las redes: semisumergibles teledirigidos, lanchas de bajo perfil con motores fuera de borda y rutas plásticas para evadir radares. La cooperación —cuando funciona— es clave para detectarlas. Sin reglas claras y confianza política, el margen de error crece.

México aparece como pieza crítica, tanto por corredores logísticos como por capacidad industrial de las redes. Al mencionar simultáneamente a México y Colombia, Trump enfatiza la corresponsabilidad regional, pero omite el factor demanda en el mercado estadounidense, que Petro suele subrayar. Ahí se traba la conversación.

A corto plazo, la prioridad será definir un marco mínimo: protocolos de uso de fuerza en el mar, criterios probatorios, trazabilidad de objetivos y mecanismos de auditoría independiente. Sin ese “andamiaje”, las operaciones quedarán bajo sospecha, y la política exterior se contaminará de litigios y reproches.

En Bogotá, la oposición presiona por “alineamiento sin ambigüedades” con Washington; el oficialismo exige respeto a estándares y agenda propia. En Londres, el debate sobre la cooperación de inteligencia ha alcanzado al Parlamento, mientras juristas piden claridad legal para evitar responsabilidad internacional.

En Washington, voceros defienden la campaña en el Caribe y rebaten versiones de ruptura con aliados, aunque reconocen que hay conversaciones técnicas en curso. El sector privado colombiano demanda certidumbre regulatoria y un cortafuegos entre seguridad y comercio.

 La frase de Trump no solo describe un problema: lo crea. Para que no escale, Colombia necesita combinar diplomacia serena, datos verificables y resultados medibles; EE. UU., reglas claras y coordinación transparente. Si ese equilibrio no llega, el costo lo pagará toda la cadena legal del intercambio.