Un pronunciamiento que busca mover la aguja institucional
El pronunciamiento del Frente Institucional Militar (FIM) instala un nuevo eje de presión en el tablero venezolano: transición democrática con base en el 28J y rechazo a la violencia. El mensaje no solo interpela al gobierno; también exige a la oposición ordenarse en torno a una hoja de ruta verificable.
La legitimidad volvió al centro. Para el FIM, el 28 de julio de 2024 marcó un mandato electoral que debe respetarse. En el relato oficialista, en cambio, la legitimidad se sustenta en certificaciones internas y control institucional. Esa colisión de relatos explica parte del estancamiento.
La decisión del FIM de advertir contra la guerra irregular sugiere que el factor militar percibe costos sociales y estratégicos de cualquier escalada. Sin apoyo popular, ese camino carece de oxígeno. El señalamiento busca desactivar atajos violentos y obligar a negociar.
El cálculo político es evidente: sin consenso mínimo sobre resultados, reglas y garantías, la crisis se cronifica y erosiona la gobernabilidad. Una transición implica tres eslabones: reconocimiento de la voluntad popular, señales de desescalada y un acuerdo institucional verificable.
En la economía, el desgaste es medible: servicios deteriorados, salarios reales deprimidos y emigración sosteniendo consumo vía remesas. La inercia política frena inversiones y deja a Venezuela expuesta a choques externos y a mayor aislamiento.
El FIM, con 231 oficiales en su estructura, busca incidir en el debate sin reivindicar tutelas. Su capital simbólico reside en hablar desde la institución militar, aunque en retiro, y pedir una salida civil y constitucional.
El contexto regional e internacional actúa como multiplicador: señales de sanciones, exhortos al diálogo y episodios de movilización en capitales. Cada actor mide costos: el gobierno resiste ceder control; la oposición necesita unidad táctica y garantías.
El pronunciamiento puede ser el punto de inflexión si se cataliza un pacto de transición con cronograma, observación y reformas de emergencia. Sin eso, la economía seguirá a la deriva y la conflictividad podría repuntar.
Para la oposición, el texto del FIM es un respaldo de élite con potencial de abrir canales discretos. Para el oficialismo, el mensaje es ingrato: cuestiona el relato de control total y pone en vitrina el costo de la confrontación.
A corto plazo, la clave será si otros referentes institucionales acompañan: justicia, parlamento, jerarquías civiles y eclesiales. Cada adhesión eleva el precio político de la intransigencia.
Si la consigna del FIM, “la voluntad del Soberano no es negociable”, se traduce en pasos verificables, Venezuela podría abrir una transición. Sin ese puente, el país seguirá atrapado en parálisis y desgaste.

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