Más cupos, más partidos… y también más equipos que se quedaron lejos.
El Mundial 2026 será el más grande de la historia: 48 selecciones, 16 grupos y tres países organizadores. Sin embargo, el aumento de cupos no evitó que el grueso del planeta futbolero se quedara por fuera. De las 206 selecciones que iniciaron el camino, más de 145 ya están eliminadas antes de que se juegue un solo minuto en Norteamérica.
El contraste es evidente: mientras 42 equipos ya tienen su lugar asegurado y seis más lo definirán en repechajes, el resto debe conformarse con ver la Copa por televisión y replantear sus proyectos deportivos. Incluso algunas federaciones con tradición mundialista —como Chile o Nigeria— no lograron adaptarse a un calendario más exigente, con viajes largos, ventanas FIFA cargadas y formatos regionales renovados.
En Asia, por ejemplo, la FIFA rediseñó el sistema para enlazar la clasificación al Mundial y a la Copa Asiática. Eso generó fases previas donde varias selecciones quedaron fuera muy pronto, como Mongolia, Maldivas o Sri Lanka. Incluso países con inversión reciente en fútbol, como China o Baréin, terminaron eliminados antes de lo esperado.
África vivió un proceso aún más crudo. Con 54 países peleando por 9 plazas directas y una de repechaje, la mayoría estaba destinada al descarte. Nigeria y Camerún, dos de las selecciones con mayor historia mundialista del continente, no lograron sostener la regularidad en grupos largos, y se sumaron a una lista extensísima de eliminados que incluye a Burkina Faso, Angola, Zambia, Guinea, Gabón, Malí o la República Centroafricana, entre muchos otros.
En Conmebol, el sistema de todos contra todos —que se mantiene desde 1998— convive ahora con seis plazas directas y un cupo al repechaje. Aun así, el filtro sigue siendo fuerte: Venezuela, Perú y Chile quedaron fuera, esta última a pesar de haber disputado finales continentales hace apenas una década. El aumento de cupos benefició a selecciones como Paraguay o Ecuador, pero no alcanzó para todos.
En Europa, la creación de 12 grupos y una repesca ampliada permitió que casi todas las potencias se mantuvieran con vida hasta el final. Alemania, Francia, Inglaterra, España, Portugal o Países Bajos ya aseguraron su boleto, mientras que otros como Italia deberán pasar por el repechaje. En paralelo, equipos como Georgia, Hungría, Islandia o Grecia quedaron matemáticamente eliminados, dejando fuera a futbolistas como Kvaratskhelia o Szoboszlai.
La Concacaf confirmó el dominio regional de México y Estados Unidos —clasificados como anfitriones— y vio emerger a Panamá, Curazao y Haití. Pero, al mismo tiempo, redujo el margen para históricas sorpresas centroamericanas: Costa Rica, Honduras, Guatemala y El Salvador no pudieron sostener campañas largas y terminaron fuera del mapa mundialista.
En Oceanía, la clasificación volvió a estar marcada por la supremacía de Nueva Zelanda, que se quedó con la única plaza directa de la confederación. El resto de países —desde las Islas Salomón hasta Tahití o Fiyi— quedaron eliminados, confirmando la enorme brecha de recursos, infraestructura y competencia internacional que existe en la región.
Más allá de los nombres, los números dejan lecturas claras. Primero, que la expansión a 48 equipos no elimina la desigualdad entre confederaciones: Europa y Sudamérica siguen acumulando campeones y planteles más profundos, mientras que Asia, África y Concacaf distribuyen muchos más proyectos entre pocos cupos. Segundo, que los calendarios congestionados y las distancias de viaje castigan especialmente a selecciones con planteles cortos y menos jugadores en ligas de élite.
Las eliminaciones también tienen efectos políticos y económicos. En varios países ya se discuten reformas de ligas profesionales, construcción de centros de alto rendimiento y cambios en la captación de talento. No clasificar al Mundial implica perder ingresos por premios, derechos de televisión y visibilidad internacional, lo que obliga a las federaciones a repensar su modelo de negocio.
De cara al futuro, la gran pregunta es si el Mundial 2026 marcará un punto de inflexión real o solo un paréntesis numérico. Que selecciones como Cabo Verde, Jordania, Uzbekistán o Curazao se estrenen en la Copa es una señal de apertura; que Nigeria, Chile o Grecia sigan ausentes muestra que la competencia se ha endurecido para todos. Lo único seguro es que las eliminatorias hacia 2030 arrancarán con muchas cuentas pendientes

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