febrero 28, 2026

40 años después, ¿quién fija la verdad del Palacio de Justicia?

Testimonios, expedientes y redes sociales chocan con la verdad del 85.

*Imágen de referencia

El intercambio entre Mauricio Gaona y el presidente Gustavo Petro sobre la toma del Palacio de Justicia ilustra un dilema de nuestra época: cómo se construyen verdades públicas cuando el expediente judicial compite con el altavoz de las redes sociales. El hijo del magistrado Manuel Gaona Cruz reclama que el mandatario intenta “cambiar la narrativa” con publicaciones en X.

El punto central de Gaona es epistemológico: la verdad judicial se verifica con pruebas, peritajes y testimonios, no con hilos virales. Por eso, invoca cuatro testimonios que sitúan el asesinato de su padre dentro del Palacio, señalando al entonces comandante del M-19 Andrés Almarales como quien dio la orden.

La tensión política aumenta porque Petro (figura con pasado en el M-19) ha sugerido que el magistrado habría salido con vida y que su muerte sería atribuible a las Fuerzas Militares. Para Gaona, eso carece de sustento y tiende a exculpar tanto a la guerrilla como a la Fuerza Pública, diluyendo responsabilidades históricas. 

El choque también invoca el debate sobre el uso de la fuerza en la retoma. Gaona recuerda el disparo de un tanque contra la edificación y cuestiona a figuras como el coronel Luis Alfonso Plazas Vega, a quien niega reconocimiento histórico por, dice, desatender derechos humanos.

Más allá de los nombres, hay un marco de justicia transicional: memoria, verdad y no repetición. A 40 años, las instituciones han producido informes y fallos, pero las zonas grises persisten y el relato se vuelve un campo de disputa política.

En la era de X, la comunicación presidencial puede resignificar hechos instalados. La pregunta es si esa resignificación aporta evidencia novedosa o si solo polariza. Gaona acusa lo segundo y advierte que “las pruebas no se pueden reemplazar por trinos”.

El episodio ocurre mientras el país conmemora el aniversario 40, un hito que activa demandas de víctimas, debates sobre responsabilidad estatal y guerrillera, y revisiones del papel de la Fuerza Pública. La disputa simbólica incide en la agenda pública y en la confianza en las instituciones.

Si el Gobierno desea ajustar la memoria oficial, deberá respaldarse en documentos, testigos y pericias. De lo contrario, la narrativa podría interpretarse como intervención política sobre un dolor que aún no cicatriza y reabriría heridas en múltiples sectores.

Juristas y organizaciones de memoria piden metodología y prudencia al citar hechos en voz presidencial. En paralelo, simpatizantes del Gobierno defienden el derecho a revisar relatos que, a su juicio, fueron escritos con sesgos y omisiones.

El pulso anticipa efectos en pedagogía de memoria, cobertura mediática y debates legislativos. La legitimidad de un nuevo relato dependerá de si aporta pruebas o solo ruido.

La disputa por el Palacio de Justicia no es solo pasado: define cómo Colombia entiende su violencia política. Ganará autoridad la versión que acredite mejor sus afirmaciones ante el escrutinio público y judicial.